Joe Tippens fue diagnosticado en 2016 con un cáncer de pulmón metastásico y terminal. Tras abandonar toda esperanza médica, comenzó a tomar fenbendazol, un antiparasitario veterinario, junto con curcumina y aceite de CBD. Cinco meses después, sus escáneres no mostraban rastro de la enfermedad. Esta es la historia del “milagro” que hoy moviliza a miles de pacientes y pone en jaque a la medicina oncológica tradicional.

Del éxito profesional al diagnóstico sin retorno
Tippens estaba a punto de mudarse a Suiza por un ascenso ejecutivo cuando una tomografía incidental reveló un tumor del tamaño de un puño en su pulmón izquierdo. Poco después, el diagnóstico se confirmó: cáncer de pulmón de células pequeñas, uno de los más agresivos. Aunque las primeras rondas de quimioterapia y radiación redujeron el tumor primario, en diciembre de 2016 los estudios mostraban metástasis extensas en cuello, hígado, páncreas y esqueleto.
Su pronóstico: menos de cuatro meses de vida y 0% de supervivencia. En ese punto, sus médicos recomendaron cuidados paliativos y dejar todo en orden. Pero Tippens decidió resistirse a la sentencia.
Solo un día después, recibió una llamada que cambiaría su destino: un veterinario le habló sobre un antiparasitario común en animales, el fenbendazol, que según estudios accidentales había eliminado tumores en ratones. Con nada que perder, comenzó a tomarlo en enero de 2017.
Fenbendazol y la “remisión imposible”
Durante su protocolo inicial, Tippens combinó fenbendazol con cúrcuma biodisponible y aceite de CBD. Usó una dosis baja tres veces por semana, por temor a toxicidad hepática, aunque luego adoptó un régimen diario. Lo sorprendente llegó en mayo de 2017: una tomografía en el MD Anderson Cancer Center reveló que no había evidencia de enfermedad.
En cuatro meses, el cáncer metastásico había desaparecido. Ni siquiera los médicos podían explicarlo. Fue el único paciente en un ensayo con 1,100 voluntarios que mostró remisión completa. Aún así, Tippens no divulgó de inmediato su protocolo, y siguió haciéndose escáneres cada mes hasta confirmar la ausencia total de cáncer.
Finalmente, contó a sus oncólogos lo que había hecho. Lo curioso: el mismo centro había investigado el fenbendazol años antes, investigadores de India (que anteriormente trabajaron en MD Anderson) han identificado tres mecanismos específicos mediante los cuales el fenbendazol combate el cáncer: primero, destruye los microtúbulos que permiten la división y estructura de las células cancerosas, impidiendo su proliferación; segundo, interfiere con el metabolismo del azúcar que las células cancerosas necesitan para sobrevivir, privándolas de energía; y tercero, activa el gen p53, que elimina las células cancerosas y cuya función suele estar disminuida o mutada en pacientes con cáncer, restaurando así una importante defensa natural contra la enfermedad.
Viralización, testigos y el poder del testimonio
A partir de 2018, Tippens comenzó a recibir cientos de llamadas de pacientes oncológicos. Creó un blog, “My Cancer Story Rocks”, y más tarde un grupo en Facebook, esperando calmar la demanda. Sucedió lo contrario: su historia se volvió viral en 96 países. Hoy el grupo tiene más de 40,000 miembros y ha documentado más de 5,000 casos de remisiones sorprendentes.
Su caso cruzó fronteras: en China, más de 50,000 personas siguen lo que llaman el “Protocolo del Tío Joey”. También logró financiamiento privado para que la Fundación Médica de Oklahoma comenzara a analizar los casos, y posteriormente se sumaron investigadores de la Universidad de Stanford, que ya han publicado estudios preliminares sobre la eficacia del fenbendazol contra el cáncer. Tippens defiende que su protocolo no pretende sustituir la medicina convencional, sino sumar una opción económica, con riesgo bajo y potencial elevado, al arsenal terapéutico.
¿Por qué un fármaco de $7 semanales no se aprueba?
El gran obstáculo no es clínico, sino económico. El fenbendazol lleva más de 25 años en el mercado, ya no es patentable, y nunca fue aprobado para uso humano por la FDA. Para lograrlo, harían falta entre 300 y 400 millones de dólares en ensayos clínicos. Pero ninguna farmacéutica asumiría ese gasto sin posibilidad de retorno. Tippens, consciente de esto, intenta ahora que el propio Estado estadounidense financie las pruebas. Argumenta que Medicare gasta miles de millones en tratamientos oncológicos costosos que podrían reducirse drásticamente si un antiparasitario de uso veterinario demostrara eficacia comprobada.
Una historia que abre preguntas (y esperanzas)

Joe Tippens sigue en remisión total, vive con normalidad y mantiene su protocolo como medida preventiva. Su historia genera controversia, pero también esperanza. El fenómeno pone sobre la mesa la tensión entre ciencia clínica y testimonios empíricos, entre economía farmacéutica y acceso a tratamientos. ¿Puede un antiparasitario veterinario ser parte de la respuesta contra el cáncer? Por ahora, la evidencia formal es limitada pero creciente.
Mientras tanto, Tippens insiste en un principio que, según él, fue igual de determinante que cualquier molécula: la creencia inquebrantable en que podía sanar. La mente como aliado, no como espectador. Y eso, independientemente del protocolo, también importa.