El arqueólogo Raúl Pavón Abreu fue el primer cronista de Cancún. Lo fue por doce años. Cronista ágrafo es cierto, pero que recopiló información oral y documental que en algún lugar de Campeche debe estar guardada. Don Raúl era un personaje imprescindible del Cancún de aquellos primeros años. Por las tardes era infaltable a la tertulia del café de Tulum 13 de Pepe Calderón, donde se reunían el propio Pepe, Felipe Amaro, Marco Antonio Torre, Luis Hoyos, el defensor del ausente, Antonio Cuevas, Adib Burad, Jesús Ocejo, Luis Almela, Lilia Arellano, etc.
Don Raúl narraba sus aventuras en los sitios arqueológicos de la milenaria cultura maya, con tal amenidad que transportaba a sus cautivados oyentes a las selvas de Chiapas, cruzando ríos, eludiendo nauyacas y caminando interminables veredas para, de pronto, contemplar inmensas ciudades prehispánicas, cubiertas de árboles altísimos en los que brincaban cientos de monos en interminable jolgorio.
Era uno de los más respetados conocedores del pasado indígena de nuestro país, particularmente de los mayas. Trabajó de cerca muchos años con el reputado arqueólogo norteamericano Silvanus Morley, quien dejó testimonio de su agradecimiento a Pavón por su colaboración en sus descubrimientos arqueológicos.
Para don Raúl la vida era una aventura interminable. Recuerdo que a su regreso de Houston, donde fue sometido a una operación de corazón, nos enseñaba con satisfacción las huellas de la cirugía.
“Ya tengo corazón nuevo, me siento con 30 años menos”, decía.
¿Cuándo escribe un libro sobre la historia de Cancún? Le preguntábamos ingenuos.
Y el nos replicaba que su labor como cronista era recopilar la documentación relativa a los momentos fundacionales y al acontecer comunitario, pero que la historia de una ciudad se debía escribir cuando sus protagonistas estuviesen muertos, “para no herir susceptibilidades”, decía. “El cronista solo es un fedatario de los hechos”, sostenía.
Cuando el gobernador de Campeche, Eugenio Echeverría Castellot, le pidió encabezar un proyecto de restauración de la zona arqueológica de Edzná, empleando a cientos de campesinos guatemaltecos asentados en esa región, don Raúl no lo pensó dos veces y se regresó a su estado a revivir sus andanzas arqueológicas. Echeverría Castellot fue gobernador de Campeche de 1979 a 1985, y él se fue desde el inicio de su gestión. A veces regresaba a Cancún a saludar a sus amigos y a buscar las huellas de aquellos años de la fundación de esta ciudad, que él llevó siempre en la mirada. Muchos secretos de esta ciudad se llevó don Raúl a la tumba.



















