El jueves pasado se presentó en Chetumal, la capital del estado, el libro “Lo que dije”, de Enrique Alonzo Alcocer. Un libro que vale la pena leer para conocer un poco más del espíritu y la raíz de Quintana Roo. Fue un honor escribir el prólogo de ese libro. He aquí algunos párrafos:
Estamos frente a una escritura del alma y de la tierra. Son palabras que nacen de lo más hondo del ser. Voces antiguas que convocan a la añoranza en tardes de lluvia con su música venida de lejos, acurrucada en evocadoras imágenes.
Allí los personajes de una memoria tejida en la luz de la amistad, de la querencia a la tierra, pero no a la tierra mística, no a la tierra metafórica, no a la tierra inaprehensible, sino a la tierra que se toca, a la tierra que convertida en barro, nos forma a su imagen y semejanza.
Leo estas páginas y siento la magia que me regresa a mi adolescencia. Porque mi primer amor fue Chetumal. Más que una ciudad emblemática del Caribe mexicano, más que una semilla de amor sembrada en la selva pródiga y prodigiosa de los confines, Chetumal es una innombrable emoción con la que se despierta y con la que se sueña.
Cronista de íntimos aconteceres compartidos, Enrique Alonzo Alcocer describe en estas páginas cálidas la biografía de un tiempo que transcurre en el espacio de la nostalgia pero también en el palpitar del futuro. No es un tiempo detenido sino el sentir de una historia que no cesa, que no se repite pero que sí se reinventa en cotidianas vivencias, en el imaginar de la vida, en querencias imposibles de olvidar. Porque la vida sin imaginación se convierte en parálisis emocional.
Estas páginas recorren hechos, describen con eficacia y entusiasmo verbal episodios vividos o recogidos de otras voces. Es el discurrir de amistades, de familiares y de familias fundadoras del alba.
Son varios textos pero constituyen una unidad no temática sino emocional. Este libro recoge episodios vivenciales de la infancia, de la juventud y del hombre pleno y maduro que Enrique es. Están los hechos que vivió, que le contaron y que su corazón recuerda junto al fogón siempre prendido de la amistad y de la familia. Del amor a la casa y a la causa común que es la patria chica; la nuestra, la que en estas páginas se siente, se palpa, se respira; la que se agranda en el alma en cada atardecer desde la bahía.
En los textos que Enrique comparte en este libro están las huellas de una vida apegada al portal del imprevisible devenir de esta asombrosa tierra de la que nadie que la ama, se despega ni se desapega nunca. Porque en esta tierra no hay un más allá. Aquí se está siempre. Porque aquí se acunan los sueños y se entrelazan las historias en mil y una noches para vivir siempre con los ojos abiertos para contemplar el esplendor. El infinito esplendor de vivir aquí.
Leer este libro es un gozo que el alma agradece.



















