REDACCIÓN MACRONEWS.- En el corazón del reactor número cuatro de Chernóbil, uno de los puntos más radiactivos y letales del planeta, la vida no solo resiste, sino que prospera de una forma inesperada. Se trata del Cladosporium sphaerospermum, un hongo negro y de aspecto aterciopelado que ha desafiado las leyes de la biología convencional al colonizar estructuras saturadas de radionúclidos. Este organismo, rico en melanina, ha despertado el interés de la comunidad científica internacional por su capacidad para utilizar la radiación como fuente de energía, un proceso hipotético denominado «radiosíntesis».

Desde finales de los años noventa, microbiólogos como Nelli Zhdanova documentaron la presencia de estos hongos melanizados dentro del sarcófago de Chernóbil. Investigaciones posteriores en la Facultad de Medicina Albert Einstein revelaron que el pigmento oscuro del hongo actúa como un escudo que absorbe la radiación ionizante, permitiéndole crecer más rápido en entornos con niveles de radiación hasta 500 veces superiores al fondo natural. Aunque la radiosíntesis aún es una hipótesis científica sin demostración metabólica completa, los experimentos sugieren que la melanina excitada por la radiación multiplica la capacidad de transferencia de electrones del hongo.
Esta resistencia extrema ha llevado al C. sphaerospermum más allá de la Tierra. Entre 2018 y 2019, el hongo fue enviado a la Estación Espacial Internacional (EEI), donde demostró una tasa de crecimiento un 21% mayor que en nuestro planeta. Los resultados del experimento, publicados recientemente en Frontiers in Microbiology, indican que una capa de este hongo puede atenuar la radiación ambiental, funcionando como un escudo biológico autorreparable que podría ser clave para proteger a los futuros astronautas en misiones a la Luna o Marte.
Más allá de la exploración espacial, el estudio de estos hongos abre nuevas puertas a la biorremediación de entornos contaminados y al diseño de materiales de protección radiológica más ligeros. El hallazgo de Chernóbil sirve como un poderoso recordatorio de la adaptabilidad de la naturaleza: mientras el ser humano apenas puede sobrevivir unos minutos en el reactor, el hongo negro ha encontrado allí su hogar ideal.
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