REDACCION MACRONEWS.- La industria de los «kidsfluencers» ha dejado de ser un simple pasatiempo familiar para convertirse en una maquinaria millonaria que redefine el concepto de infancia. Según el filósofo Tomás Balmaceda, hoy existen bebés que nacen con miles de seguidores, insertados en un mercado donde los canales infantiles lideran los rankings globales con más de 300 millones de reproducciones semanales. Sin embargo, este éxito económico oculta una realidad alarmante: la falta de consentimiento de los menores y el impacto profundo en su salud mental y privacidad.

La sobreexposición digital no solo altera el deseo aspiracional de los niños —quienes ahora sueñan con ser streamers en lugar de profesionales tradicionales—, sino que también los expone a riesgos graves. Estudios recientes advierten que en algunos canales infantiles, el 92% de la audiencia son adultos, lo que plantea interrogantes sobre quién consume realmente este contenido. Además, la presión por mantener el «modelo de negocio» ha llevado a casos extremos donde los padres ocultan la pubertad de sus hijos o los obligan a actuar, eliminando la espontaneidad propia de la niñez.
Ante este panorama, han comenzado a surgir las primeras represalias legales. En países como Estados Unidos, hijos de famosos canales de YouTube han iniciado juicios contra sus padres por explotación, maltrato psicológico y uso indebido de sus ganancias. La urgencia de una legislación que proteja a las infancias digitales es evidente, pues la mayoría de estas cuentas operan bajo la mentira de la edad mínima permitida. La reflexión final es clara: cuando a un niño se le obliga a «reír más» para una cámara, deja de ser niño para convertirse en un producto.
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