Entonces empezó a recordar todo lo que había perdido: dinero, casa, lujos, comodidades o más aún, la rutina, una forma de vida, el camino conocido, y sin duda lo que más dolía: las personas, los afectos, las cercanías.

Nunca pensó que la pérdida pudiera ser tan basta, sabía que lo material era recuperable, pero perder a las personas, le resultó una penosa sorpresa. ¡Qué ilusa! nunca fue dueña de otro ser humano ¿cómo podría esperar que siguieran juntos?
La tristeza irruía cada una de sus células, era inevitable, enumerar las perdidas significaba arrancar un pedazo de ella misma, dolía, dolía mucho. Mientras se atiborraba con las preguntas más absurdas ¿cómo fue que pasó? ¿porqué? ¿porqué a ella? ¿porqué en año nuevo? ¿cómo era posible que el universo estuviera festejando sin ella? lloró una vez más…
El torrente imparable de lágrimas, parecía callar la mente, que no tuvo oportunidad de increpar más. En el vacío insondable, el silencio se apoderó del espacio, ella no pudo más que observar.
El roble de imponente tronco le ofrecía a su espalda sustento, las hojas eran la confortable sombra que cubrían todo su cuerpo, el firmamento ostentaba su bellísimo azul, el verde pasto, recién cortado permanecía húmedo como si estuviera sincronizado con sus sollozos.
Por un instante, en la quietud del parque, ella recordó lo mucho que disfrutaba pisar descalza la tierra. Bajó insegura el cierre de sus botas, las retiró con cautela igual que las ligeras medias que usaba. Sonrió.
El frío de la mañana la hacía tiritar, más los pies juguetones disfrutaban la deliciosa sensación de estar libres. En ese preciso instante lo entendió todo, con cada perdida se ganaba libertad, con cada incomodidad se ganaba una experiencia nueva. Ella había perdido lo que ya no necesitaba para ganar algo necesario, desconocido, nuevo. Sonrió otra vez.
Jugueteó descalza un largo rato, el calor de la actividad le hizo olvidar la frescura matutina, ya no estaba triste o tal vez si, aún dolía pero ya no era igual: dolía bonito. Caminó hasta los columpios, dispuesta a quedarse ahí hasta que tuviera ampollas en las manos, como cuando era niña.
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Dejo los zapatos junto al árbol, cabía la posibilidad de que alguien los robara pero ¿qué mas daba? ya había perdido todo. Se rió de si misma. Pensó que estaría perdiendo la razón, se interrumpió con una carcajada, ¡qué ironía! una pérdida más.
Las rodillas estiradas y dobladas, la espalda hacia adelante y atrás, meter y sacar el pecho, perder y ganar… Después de columpiarse sin tiempo, ella se sentía en perfecto equilibrio, por primera vez lo supo con certeza, no perdió, sólo se ganó a sí misma, era libre, no tenía nada y en la nada podía construirse todo.
Las miradas obscenas de los transeúntes, la seguían, extrañados se preguntaban ¿que haría una mujer sola sin zapatos columpiándose tan feliz? pero ella ni se percató de su existencia, por hoy, ella era la dueña del mundo, su pequeño mundo.
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Ella se despidió del columpio, abrazó al roble, miró al cielo, respiró, empacó sus tristezas, recuperó sus botas y más importante, se recuperó a sí misma. Estaba lista para el año nuevo, su año nuevo.
Autor: Vanessa Padmir

















