…Y de repente observé ese fervor por comprar mucho de todo y sin sentido, en una competencia feroz dónde el objetivo es pasar por encima del otro, sin razón aparente. Las tiendas se atiborraron de seres humanos con su completa atención en objetos, en precios, en etiquetas, mientras evitaban miradas, conversaciones y sentimientos; hacían interminables filas quejándose de algo: un mal servicio, la desorganización, el clima o los altísimos precios, pero no eran capaces de ceder su lugar, de conceder la más mínima cortesía al de a lado, de sonreír genuinamente o saludar a quiénes les atienden.

Las calles se inundaron de soledades individuales, enteramente autómatas, cubrían con sonrisas profundas tristezas. La ocasión gozosa de reunirse provocaba dramáticos conflictos innecesarios ¿quién ofendió a quién? ¿quién no siguió las tácitas expectativas de sus juzgones parientes? ¿quién asistió a dónde no quería con quién no deseaba sólo por compromiso? ¿quién se colmó de alcohol para curarse las heridas antiguas? ¿quién se calló un resentimiento una vez más?
Unos abrían bastos regalos, uno mejor que el anterior, a mayor cantidad, menor era la emoción, el exceso provocaba que la excitación disminuyera con cada envoltura rota, dejando un hastío de empacho. Otros no recibirían obsequios, cargados de envidia, lloraban sus miserias culpando al gobierno, a la sociedad, a la mala suerte, a Dios o a quién sea. Absolutamente ciegos de la verdad más evidente: sus carencias eran causadas únicamente por sus propias acciones mezquinas.
¡Qué pronto aprendí a detestar la Navidad! y ¡Qué injusto era este pueril reclamo! … Entonces abrí bien los ojos, ahí estaba ella, vaciando su amor en la cocina a pesar de estar agotada, también estaban ellos, trabajando sin cesar para que los demás disfruten, y más aún estaban ellas, orando, encendiendo velas para el bien de alguien más, dispuestas a dar el abrazo protector en todo momento.
Después de una lágrima había una caricia, detrás de una mano pidiendo había otra dando. ¡Esos eran los verdaderos regalos! el éxito se envuelve con fracaso, el amor trae papel de miedo, la dicha aparece al abrir las dificultades. El dolor es el forro que envuelve el mejor regalo de todos: la vida.
¡Qué pronto aprendí a amar la Navidad! Su magia recorría cada ínfimo espacio, no se necesitaba hacer nada diferente excepto cambiar la intensión: compré para amar, comí para agradecer, bebí para compartir, conviví para sanar y la Navidad se tornó de gris a brillante.
Por primera vez lo comprendí : la Navidad no es, nunca estuvo hecha, se va haciendo año con año. La Navidad será lo que cada quién elija que sea. Los regalos siempre llegan si nos atrevemos a hurgar en las engañosas envolturas ¡Feliz Navidad!
Autor : Vanessa Padmir


















