El siguiente reportaje de ElDiario.es –que se reproduce con autorización expresa– confirma una cosa: que la misma empresa que ayudó a ganar a Donald Trump influenciando a la opinión pública, está en México operando. Es algo que se ha dicho por aquí y por allá, pero que las autoridades electorales han ignorado.

Bloomberg anunció en julio pasado: “Cambridge se asoció con Pig.gi, una aplicación telefónica en México y Colombia que ofrece a 200 mil usuarios activos servicios gratuitos a cambio de ver anuncios, leer historias y realizar encuestas. La firma analítica espera utilizar datos extraídos de Pig.gi para ayudar a un candidato en las elecciones presidenciales de julio de 2018 en México, y varios partidos políticos ya han expresado interés, según ambas compañías. Cambridge está entrando en un país con una historia de elecciones divisivas y a veces violentas”.
Andrés Manuel López Obrador ha alertado muchas veces sobre la intromisión desde el extranjero; el 17 de noviembre pasado, afirmó: “Esa empresa ha sido contratada para atacarnos, tengo información, es una empresa especialista en el manejo de publicidad y de guerra sucia. Se jactan de que fueron los que asesoraron al presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Pido al INE y a la Fiscalía Electoral que investigue a esta empresa Cambridge”.
La periodista Dolia Estévez escribió desde Washington: “El presidente del Senado, Ernesto Cordero, quien abiertamente respalda a Margarita Zavala, es la única conexión documentada de Karro [Arielle Dale Karro, a cargo de las operaciones de la empresa en México] con la clase política nacional. En abril, Cordero convocó a la exposición colectiva de arte contemporáneo ‘No hay fronteras suficientemente grandes para caminar’, en la que pese a no ser artista plástica, Karro participó con sus poemas. ‘El Senador Ernesto Cordero Arroyo le invita cordialmente a la exposición de arte contemporáneo’”.
El principio de Ockham dice que la explicación más simple suele ser la más probable, pero no la más satisfactoria. Sobre todo cuando urge un titular. Por ejemplo: un ejército de bots al servicio del Kremlin rompe la unidad de España con la ayuda de los famosos hackers Edward Snowden y Julian Assange. Tantas ganas tenía María Dolores de Cospedal de que fuera cierto que se ha dejado trolear por dos humoristas rusos.
Tan ansiosa estaba la ministra de Defensa por llevarle a su premier las pruebas de la injerencia rusa en el procés, que estaba dispuesta a tragarse que Carles Puigdemont es un agente ruso de nombre en clave Cipollino y que el 50 por ciento de los turistas rusos de Barcelona son espías conspirando por la anexión de Crimea. Aparte de las risas, la bochornosa conversación ha servido para corroborar una serie de cosas. La primera, que es más fácil hablar con la ministra que conseguir que te cambien un router estropeado. La segunda, que el Gobierno español no puede demostrar que Putin juega a los dados con Catalunya. Probablemente, porque no es el caso.
Lo que sí es verdad es que hay ejércitos de bots tuiteando sobre Catalunya, y sobre muchas otras noticias políticas en muchos países. No porque trabajen para Putin, sino porque el nuevo mercado del marketing digital ha contaminado el debate político, ha intoxicado a los medios y está a punto de romper Internet.
Los bots (robots) de Twitter son cuentas automatizadas que hacen tareas mecánicas, generalmente distribuir spam, retuitear mensajes con determinadas palabras o repetir el mismo mensaje con distintas cuentas cuando aparecen ciertos hashtag. Los perfiles falsos son cuentas de nombre inventado y foto robada, manejadas al peso por personas reales (esta técnica se llama sockpuppeting). Los dos son actores habituales en el mundo de la campaña política desde hace tiempo. La evolución natural de ambos es el cyborg, el perfil falso y semiautomatizado que está contaminando las redes y que se cría en las granjas de trolls.
Las granjas de trolls son una especie de call centers donde cientos de personas crean, manejan y monitorizan cientos de miles de cuentas cyborg. No son hackers, porque no hace falta. Son publicitarios, periodistas y vendedores en paro, pero también estudiantes y amas de casa en apuros. No necesitan ser programadores, solo manejarse en las redes y gestionar un enjambre de cyborgs en distintas misiones. Su salario depende se su eficiencia, pero no cobran mucho. Es un trabajo precario en una economía brutal.
Si el cliente quiere generar interés en torno a un nuevo producto, el enjambre busca espacios de interés y produce cientos de comentarios positivos y los disemina rápidamente por medios, foros y tiendas online. Si el cliente quiere deshacerse de la competencia, el enjambre hace lo mismo pero para difamar. El enjambre ataca en grupo: los perfiles falsos se enlazan y se dan la razón unos a otros, tanto para defender un producto como para destrozar a un rival con abusos verbales o acabar con un tema a base de provocación.

NO SON ESPÍAS, SON EMPRESAS DE SERVICIOS
También buscan humanos afines a los que alientan con su calor cibernético, creando relaciones tan apasionadas como la de Joaquin Phoenix con su teléfono en Her. Hacen astroturfing (campañas de propaganda que parecen haber surgido de manera espontánea, como un movimiento desde las bases). Cuando dos enjambres rivales se encuentran, levantan una gran cantidad de polvo que ciega a los medios de comunicación. Por ejemplo, cuando dos ancianitas son presuntamente desterradas de un vuelo por hablar en catalán.
El producto podría ser un coche, un videojuego o un festival, pero esa clase de cliente se conforma con el 30 por ciento del mercado. Un político necesita convencer a más de la mitad. Es por eso que sus clientes más habituales son candidatos electorales, partidos políticos y gobiernos, como apuntaba este reciente estudio de la Universidad de Oxford. Esto es así de Argentina a Corea del Norte, de los Estados Unidos a China, de Venezuela a Rusia.
Evidentemente, no les contrata el candidato. Les contrata la agencia o el spin doctor que lleva la campaña. Y no les contrata a ellos solos. Combinará a los trolls con agresivas herramientas de Big Data y marketing personalizado y la segmentación por perfiles de plataformas como Facebook y Twitter. Esa hidra venenosa de tres cabezas se ha convertido en la gran máquina de propaganda política de nuestro tiempo. La navaja suiza de las campañas políticas online.
Fuente: Sin Embargo


















